¿Cuándo dejamos de jugar?

El otro día recordé uno de los regalos que creía que habían marcado parte de mi futuro (ahora mi presente). Era mi cumpleaños y, aunque no consigo recordar cuántos cumplía exactamente, fue durante mi época de preadolescente. Pongamos que fuera el regalo de los 12. Estaba en los momentos previos a dar el salto al instituto que, junto con descubrir la menstruación (un año después), implicaba “hacerse mayor de verdad”. ¡Jajaja! :___D Qué tiempos… En el colegio tenía toda clase de conflictos: con la dirección del centro por querer hacer ética en lugar de religión y enviarme a la biblioteca a ordenar libros (en Ávila, finales de los 80, haceos una idea); con los profesores por preguntar demasiado y ponerles en bretes constantes; y con mis compañeros y compañeras que me veían como un bicho raro porque no vestía como una niña, llevaba el pelo pincho y escuchaba Madonna.

En fin. Os podéis hacer una idea de que para mis padres era todo un reto diario entender qué pasaba conmigo. Y, claro está, también se romperían los cuernos pensando qué regalar a una rebelde sin causa que discutía con el mundo de todo y en todo momento. Mi madre, que cada vez que le relataba mis sueños (que, incluso a día de hoy, recuerdo casi siempre y con mucho nivel de detalle) me decía que los escribiera. Ella estaba segura de que con mi imaginación algún día me convertiría en escritora y debió de pensar que ya había llegado el momento de regalarme algo que encajara con mis inquietudes.

Y así fue como llegó mi cumpleaños y al abrir el paquete me encontré con una máquina de escribir. Guau… Era muy bonita. Metálica mate. Azul claro. Parecía que venía del futuro. Mi madre tenía la seguridad de haber acertado. Me miró y me preguntó que qué me pasaba porque yo había empezado a llorar: “¿No te gusta?” No. No era eso. Claro que me gustaba. Me imaginaba con ella, llevándomela a todos lados y escribiendo mis relatos (en aquel momento, un relato era a lo más que podía aspirar como protoescritora). Pero, aunque la lógica aplastante me decía que abrazara aquel regalo, algo dentro de mí hacía que me echara para atrás. Sentía con todo mi cuerpo (menos con mi cabeza) que no era eso lo que quería. Al menos, no todavía.

El desconcierto en mi madre fue absoluto pero mi niña interior lo tenía claro y, con una mezcla de culpa e ilusión declaré: “Quiero la autocaravana de Chabel”. Y fue mi último juguete. Con aquel cacharro con ruedas disfruté como una enana al menos durante un año, con la consciencia, eso sí, de que aquello se acababa y tendría que hacerme mayor. El reloj de la responsabilidad llamaba.

Durante mucho tiempo después había analizado este hecho con desprecio hacia mí misma: “Menuda inmadura, cambiar una máquina de escribir por un juguete”, pensaba. Me recriminaba haber reaccionado así y creía que no haber cogido la máquina había provocado que no llegara nunca a ser escritora. Como si hubiera perdido un tren que no volvería a pasar. Ahora me doy cuenta de que, muy al contrario de mi yo “adulto” que minusvaloraba a mi yo “infantil”, con 12 años fui tremendamente madura y salvaguardé durante algunos meses mi espacio de juego y de imaginación, que poco después maté sin piedad convirtiéndome en una gruñona señora mayor sin haber cumplido siquiera los 20 años.

Hoy he vuelto a jugar: iba por la calle andando por el extremo de la acera, imaginándome que caminaba por el borde de un precipicio. Lo he hecho casi sin darme cuenta. Lo bueno es que, cuando me he visto pasando de puntillas y recreando un mundo imaginario, en lugar de avergonzarme, arrepentirme y ponerme muy seria, me he sonreído y he seguido jugando =)

4 comentarios

  1. Me encanta! Nunca es tarde para reencontrarse con la niña que fuimos y tomarse la vida como un juego, arriesgar, ganar, perder, reir, llorar, amar…. Y sobre todo, jugar!!!! Bravo Patricia

  2. Reflejada…ilusionada…y precisamente hoy… He vuelto a jugar y sigo jugando x inaginarme un sitio mejor! Hoy he votado con la ilusión de una niña abriendo su regalo más esperado!! Y ahora jugando a esperar a que lleguen los reyes y las adas💜🙅🏻✊🏼

  3. Patricia, muy bonito, me he sentido muy identificada. Validar y querer a nuestra niña interior, y permitir a las niñas de 12 años que, si quieren, sigan siendo niñas.

  4. Jugar es tan esencial para mí como respirar! En tu caso, de la autocaravana de Chabel… a miles de “aventuras del saber”, del sentir, del conocer, del transformar… que luego, escribes y compartes. Qué suerte la nuestra! Besabrazos para vos!

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