A la derecha del padre

Rodeados de un ambiente festivo y acompañados por música de jazz se inicia el congreso del Partit dels Socialistes (PSC) que celebra los 30 años de su fundación. El escenario de la sala pequeña del Auditori, dedicada a Oriol Martorell, será el responsable de sustentar a las grandes figuras del partido. La decoración es sobria y lo que más destaca es el número 30 de tamaño natural al fondo, junto a una bandera catalana replegada sobre sí misma. A parte del atril, una macropantalla y de algunos cubos con el logotipo del partido, sólo llama la atención un único sofá, vacío, apartado de la zona donde se situarán los socialistas, que parece esperar a alguien.

Se encienden las luces y empiezan los aplausos de bienvenida. La comitiva baja por las escaleras del patio de butacas y los flashes ciegan a todos. Las cámaras hacen su trabajo pero, sobre todo, se dirigen hacia una figura: la de Pascual Maragall. La expectativa se cumple y el ex President se reconcilia con el que fue su partido hasta el mes de octubre pasado, cuando rompió su carnet de militante. Maragall consigue atravesar la nube de periodistas y busca su sitio, que está, como no podría ser de otra manera, a la derecha de José Montilla, primer secretario de la organización socialista catalana y actual President de la Generalitat.

Fundido en oscuro y silencio. En la pantalla de tropecientas pulgadas del escenario empiezan a salir las imágenes de otra época, con los fundadores del partido. Se respira una cierta emoción al ver las patillas largas, las gafas de pasta gruesa y las grabaciones deterioradas… Han pasado 30 años. Y de las imágenes de grano grueso a los protagonistas de la historia que, entre aplausos de un auditorio al completo, salen a la palestra para recordar el pasado y bendecir el futuro.

Uno por uno, los fundadores y miembros destacados del PSC dan su personal punto de vista sobre la situación actual. De todos los discursos de este primer bloque destaca por su frescura y simpatía el de una mujer: Manuela de Madre. Son los tres minutos más amenos y emotivos, porque no hace un discurso político, sino que habla desde el corazón, y eso se nota: “Agradezco mucho que gente ordinaria, como yo, haya podido hacer algunas cosas extraordinarias”.

Otro fundido en negro y una voz en off, acompañada de imágenes en la pantalla, recuerda a todos aquellos que formaron parte de ese comienzo y que ya no están. La entrada de un niño que porta un ramo de rosas rojas y que lo deja con cuidado sobre el sofá aclara la existencia de este elemento en el escenario. La gente se emociona y todo el mundo se pone en pie y aplaude con pasión. Son sentimientos reales. Muchos de ellos conocían a los que murieron.

Llega el momento que todos esperaban. Han ido caldeando la sala cada vez que era nombrado o su imagen aparecía en la pantalla. Es en realidad, para muchos, la celebración y el homenaje a su figura. El cariño se lo transmiten los aplausos, los silbidos y un auditorio en pie, ávido de un discurso más del que fue su President. Por fin, sale al escenario Pascual Maragall.

Con su particular forma de expresarse, consigue que todos se queden prendados de sus palabras, y comienza jocoso como el abuelo que recuerda las batallitas de juventud. Resulta entrañable y divertido. Pero no todo van a ser risas de complicidad. Maragall no se fue de rositas cuando dejó la presidencia, y lleva las armas cargadas. “Yo soy todavía de los ‘Ciutadans pel Canvi’”… seguro que no todos se ríen. Para despacharse, reta al partido con los “asuntos pendientes” que debería afrontar: que el PSC recupere el grupo parlamentario propio en el Congreso y que celebre primarias dentro del partido antes que ningún otro. Sin embargo, no se va sin agradecer el apoyo que ha recibido de los ‘companys i companyas’, y afirma, en tono reconciliador: “Los años más felices de mi vida política han sido los de socialista”.

Después de la efusión para Maragall no queda entusiasmo para el señor Montilla, que consiguió aburrir en sus diez minutos de intervención a una audiencia que había estado completamente entregada a los anteriores discursos. Pero, al menos para su ego, él es el President.

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