¡Qué dios nos pille confesados!

Como estábamos entretenidos con las disputas del grupo de la oposición, y con preparativos para la celebración de Sant Jordi, la noticia que ha lanzado esta mañana la Cadena SER nos ha dejado, sobre todo a los ateos convencidos, como poco estupefactos. Ni que decir tiene que la sorpresa ha dado paso a la conseguiente indignación: desde el año 1.995 existe un acuerdo entre la Comunidad de Madrid y la iglesia católica por el que en las comisiones de ética de los hospitales debe haber un sacerdote con derecho de veto.

Esta es la última originalidad de un estado como el nuestro, aconfesional que no laico, en el que los miembros de la jerarquía eclesiástica pueden decidir si se practica o no un aborto en caso de violación o si se aplican remedios paliativos a un enfermo terminal. Y es que, claro, según las palabras del arzobismo emérito de Pamplona “Jesús no tuvo cuidados paliativos pero su muerte fue absolutamente digna”. ¡Ahí es nada!

Así es que como hace 20 siglos a un hombre que fue crucificado no le dieron calmantes, la aplastante lógica nos lleva a decidir que un enfermo de cáncer tiene que aguantar lo que no está en los escritos para ponerse a la altura de “el mesías”. Es una lástima que nadie le haya sugerido al señor Sebastián que, para predicar con el ejemplo, se monte una crucifixión de andar por casa y hable con conocimiento de causa en lo que respecta a confundir “la dignidad de la muerte con el miedo al dolor”. Y, a ver qué tal le va.