Son SÓLO 700 inmigrantes

Leo con lágrimas en los ojos que unas 700 personas pueden haber muerto ahogadas cerca de las costas de Lampedusa. Que, de momento, sólo se han rescatado con vida a 28. La cifra me parece imposible: 700 personas. Lo vuelvo a pensar: 700 PERSONAS. Insoportable. ¿Os hacéis una idea de cuánto es esto? A mí me cuesta. Le pido ayuda a un amigo que sabe mucho sobre visualización de personas en manifestaciones y concentraciones. @teleoperador ¿cómo puedo representar lo que suponen 700 personas para ver la magnitud de esta tragedia?” La respuesta es más simple y aterradora de lo que quisiera: Dos trenes AVE completos, más todo el personal: Plazas sentadas por unidad de tren: 329. ¡BOOM! Ahora sí tengo la imagen. La cifra me aterrorizaba, pero la visualización todavía más:

Y sigue: “Otra referencia que le sonará mucho a madrileños: 700 personas son las salas 1, 2 y 3 de los cines Ideal llenas. Sala Mirador: ‘Capacidad total: 160 personas’. 700 muertos sería equivalente a cuatro salas Mirador llenas más todo el personal técnico y artístico que, de pronto, se hunden con todos dentro”. Creo que no necesito más visualización para sentir nauseas y una tristeza cada vez más profunda.

Cercanía emocional

Hace menos de un mes, un accidente aéreo dejaba 150 víctimas mortales. Los medios de comunicación estallaron en un lamento conjunto: “tragedia”, “150 personas muertas”, “víctimas”, “familias destrozadas”, “desastre”, “dolor insoportable”,… Todos los artículos, todas las piezas, todos los comentarios apuntaban al dolor de la pérdida, al desconcierto de la muerte de personas ‘como nosotras’.

Hoy, sin quitar un ápice de importancia a la también tragedia del avión, reflexiono sobre dos aspectos a nivel informativo sobre lo que ha pasado en el mar Mediterráneo: el número de víctimas y la forma de referirse a ellas. El hecho de que no tengamos a estas horas a todos los medios de comunicación con programas especiales centrados en esta tragedia es un síntoma de mal periodismo: hoy, y posiblemente durante muchos días, la muerte de 700 personas ahogadas en el mar Mediterráneo tratando de llegar a Europa, es LA noticia más importante que contar.

Aparte de no darle ningún tipo de trascendencia mayor, todos los tuits de medios de comunicación (un único tuit por cada medio, aunque vaya con el aviso de ÚLTIMA HORA) hablan, sin excepción (al menos, durante lo que he podido leer esta mañana), de “700 inmigrantes”:

¿Desde cuándo la condición de migrante (emigrante o inmigrante) es importante para definir a las víctimas de una tragedia de estas proporciones (o de cualquier proporción)? En lugar de hablar de ‘personas’, o ‘africanos’ o ‘libios’ (si acaso se conoce su procedencia), o, si se quiere un cariz político, ‘exiliados’ o ‘refugiados’, se refiere a las víctimas de esta tragedia como ‘inmigrantes’.

Ojalá aprendiéramos a reflexionar más sobre lo que hacen las palabras al pronunciarlas y al escucharlas. Cómo nos inmunizamos de una forma racional, a través del lenguaje, para no sentir ni hacernos responsables, como sociedad, de las consecuencias que tienen las políticas internacionales. Tratad de hacer el ejercicio de cambiar ese adjetivo: 700 franceses muertos, 700 médicos víctimas de la tragedia, 700 estudiantes ahogados,… 700 personas. Y supongo que ahora os costará hasta tragar saliva.

Pero no hacemos eso: al leer “700 inmigrantes” se produce un rápido distanciamiento sobre su humanidad: ya no sentimos dolor, ni empatizamos con sus familias, ni los ojos se nos llenan de lágrimas al percibir el horror de lo que supone la pérdida de seres queridos. Las 700 víctimas, las 700 personas que se han ahogado (posiblemente, hay pocas muertes tan angustiosas como el ahogamiento), son SÓLO inmigrantes.

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